INTRO

No puedes creer que los círculos tengan culo y cara. No puedes seguir creyéndolo.

Juega y verás que tienen un culo intrínseco en su cuerpito delgado y perfecto. Pero no es real, sólo una ilusión óptica y engrosada.

Me hacen daño los círculos que crecen en sueños. Ya son rutina en mis noches. Hablan por sí solos y van meciendo el encanto del beso y del abrazo. Empiezan a bailar dentro de mí salvajemente... Un círculo que se hincha y no respeta el límite de mi cuerpo, que presiona mi piel y se hunde.

Tengo el cuerpo lleno de marcas circulares. Mamá las ve, hay quién no puede verlas.

martes, 8 de mayo de 2012

Uve y los bidones.


Se quedó embobada con el sonido de un bidón lleno de agua chocando contra el suelo. Caía a cámara lenta y de repente se detenía. Quiso retener la caída durante más tiempo y se le ocurrió hacerlo desde más alto. El sonido cada vez era más nítido, más blando, más largo. Primero desde una piedra, luego encima de la silla, luego la piedra en la silla, luego la mesa, luego la silla en la mesa, por último la piedra en la silla y la silla en la mesa. Entonces se dio cuenta que vivía en un treceavo piso y subió las escaleras corriendo. Uno, silbido, impacto, silencio, dos, silbido, impacto, silencio, tres, silbido, impacto, silencio, cuatro, silbido, impacto, silencio, cinco, silbido, impacto, silencio, sirenas de policía, seis, silbido, impacto, silencio, el timbre suena.
‒¿Pero a qué idiota se le ocurre…?
‒Hola, señor agente, ¿en qué puedo ayudarle?
‒¿Pero a qué idio…?
‒Disculpe, señor agente, ¿qué ocurre?
El señor agente se impacienta. Mira por encima del hombro de la chica. –¿Hay alguien más que usted en esta maldita casa?‒
‒No, señor agente. Estaba haciendo unas cosas.
‒¿Era usted la que tiraba bidones por la terraza?
‒Hombre, ahora que lo dice, recuerdo…
‒¿Pero a qué idiota se le ocurre semejante barbaridad?
‒Mire, señor agente, creo que no he pensado igual que usted está pensando ahora. Pero vamos, que no se preocupe, que no volverá a ocurrir.
‒¿Qué no pensaba como yo pensaba? ¿Está usted enferma, señorita?
‒Mire, señor agente, de verdad que lo siento‒. Pero  lo dijo sonriendo porque ella sonreía constantemente y el señor agente creyó que le estaba vacilando.
‒Señorita, acompáñenos a comisaría, está usted burlándose de la autoridad.
‒Que no, que no, señor agente, de verdad, que es que no sé cómo hacer para decir verdades sin que parezca que digo mentiras.
‒Señorita, usted no tenía que tirar esos bidones por la terraza, ¿a quién se le ocurre? ¿Sabe que podría a ver matado a alguien? ¿Imagínese por un momento que alguien hubiese cruzado por debajo de su ventana?
‒Hubiera quedado como un acordeón, señor agente. Es horriblemente desternillante pero inhumano, lo reconozco.

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