INTRO

No puedes creer que los círculos tengan culo y cara. No puedes seguir creyéndolo.

Juega y verás que tienen un culo intrínseco en su cuerpito delgado y perfecto. Pero no es real, sólo una ilusión óptica y engrosada.

Me hacen daño los círculos que crecen en sueños. Ya son rutina en mis noches. Hablan por sí solos y van meciendo el encanto del beso y del abrazo. Empiezan a bailar dentro de mí salvajemente... Un círculo que se hincha y no respeta el límite de mi cuerpo, que presiona mi piel y se hunde.

Tengo el cuerpo lleno de marcas circulares. Mamá las ve, hay quién no puede verlas.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Las armas secretas (El perseguidor). Julio Cortázar

 - Lo que pasa es que se creen sabios –dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí. Yo no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos de tocar bien, o que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad, las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer en cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades. Anoche se me ocurrió mirarme en este espejito, y te aseguro que era tan terriblemente difícil que casi me tiro de la cama. Imagínate que te estás viendo a ti mismo; eso tan sólo basta para quedarse frío durante media hora. Realmente ese tipo no soy yo, en el primer momento he sentido claramente que no era yo. Lo agarré de sorpresa, de refilón, y supe que no era yo. Eso lo sentía, y cuando algo se siente… Pero es como en Palm Beach, sobre una ola te cae la segunda, y después otra… A penas has sentido ya viene lo otro, vienen las palabras, no son las palabras, son lo que está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. Y la baba viene y te tapa, y te convence de que el del espejo eres tú. Claro, pero cómo no darse cuenta. Pero si soy yo, con mi pelo, esa cicatriz. Y la gente no se da cuenta de que lo único que aceptan es la baba, y por eso les parece tan fácil mirarse al espejo. O cortar un pedazo de pan con un cuchillo. ¿Tú has cortado un pedazo de pan con un chuchillo?
 - Me suele ocurrir- he dicho, divertido.
 - Y te has quedado tan tranquilo. Yo no puedo, Bruno. Una noche tiré todo tan lejos que el cuchillo casi le saca un ojo al japonés de la mesa de al lado. Era en Los Ángeles, se armó un lío tan descomunal… Cuando les expliqué, me llevaron preso. Y eso que me parecía tan sencillo explicarles todo. Esa vez conocí al doctor Christie. Un tipo estupendo, y eso que yo a los médicos…
Ha pasado una mano por el aire, tocándolo por todos lados, dejándolo como marcado por su paso. Sonríe. Tengo la sensación de que está solo, completamente solo. Me siento como hueco a su lado. Si a Johnny se le ocurriera pasar su mano a través de mí me cortaría como manteca, como humo.  A lo mejor es por eso que a veces me roza la cara con los dedos, cautelosamente.
- Tienes el pan ahí, sobre el mantel –dice Johnny mirando el aire-. Es una cosa sólida, no se puede negar, con un color bellísimo, un perfume. Algo que no soy yo, algo distinto, fuera de mí. Pero si lo toco, si estiro los dedos y lo agarro, entonces hay algo que cambia, ¿no te parece? El pan está fuera de mí, pero lo toco con los dedos, lo siento, siento que eso es el mundo, pero si yo puedo tocarlo y sentirlo, entonces no se puede decir realmente que sea otra cosa, o ¿tú crees que se puede decir?
- Querido, hace miles de años que un montón de barbudos se vienen rompiendo la cabeza para resolver el problema…
- En el pan es de día –murmura Johnny, tapándose la cara -. Y yo me atrevo a tocarlo, a cortarlo en dos, a metérmelo en la boca. No pasa nada, ya sé: eso es lo terrible. ¿Te das cuenta de que es terrible que no pase nada? Cortas el pan, le clavas el cuchillo, y todo sigue como antes. Yo no comprendo Bruno.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Le llega el sonido del dolor, se desplaza, repta, un animal de gran tamaño que no puede estar lejos. Intermitente, constante, prolongado. Tres tonos graves, un martilleo agudo y chirriante. Un pálpito eléctrico, mecánico y ausente, mecánico y ausente, mecánico y ausente. De un salto, trepa y le agarra la garganta, fundiéndose en el interior de su cuerpo. Desgarra el color del dolor y le desviste, desde el interior, atravesando el umbral de los motivos del llanto.

El dolor, un animal de gran tamaño que empieza a vivirnos.

Eres tú, dolor, sólo espera y escucha, escúchate a ti mismo. Eres insoportable, impenetrable, incansable. Eres el sonido más carnal, más humano.

Así, como si nada, le llega el sonido y basta el dolor para que el pecho arda, justo a la altura del corazón. Se desborda. Como si el dolor pudiera desbordar un corazón, como si nunca antes lo hubiera hecho.


Aturdido se despierta, la boca seca, los músculos cansados, el corazón desbocado hasta tal punto que no puede evitar agarrarse el pecho y gemir. El sonido del dolor se desplaza, repta hacia su madriguera. Se oye el eco de sus pisadas.

No consigue ubicarse. La sensación de desconcierto es tan grande que no encuentra la realidad para levantarse, sólo un vacío hueco le rodea. No encuentra su cuerpo. Ha sentido como el gemido del dolor le penetraba, le hacía suyo y ahora no siente, no mira, no huele.

Y fue sólo un sueño, con todo lo que conlleva soñar. Dice que fue como bailar con la muerte.