INTRO

No puedes creer que los círculos tengan culo y cara. No puedes seguir creyéndolo.

Juega y verás que tienen un culo intrínseco en su cuerpito delgado y perfecto. Pero no es real, sólo una ilusión óptica y engrosada.

Me hacen daño los círculos que crecen en sueños. Ya son rutina en mis noches. Hablan por sí solos y van meciendo el encanto del beso y del abrazo. Empiezan a bailar dentro de mí salvajemente... Un círculo que se hincha y no respeta el límite de mi cuerpo, que presiona mi piel y se hunde.

Tengo el cuerpo lleno de marcas circulares. Mamá las ve, hay quién no puede verlas.

jueves, 29 de septiembre de 2011

El fontanero

- ¿Quién es?
- El fontanero.
- Eso es lo típico que se dice cuando se va a robar a una casa. ¿Cómo se que es usted un fontanero?
- Bueno, me llamó usted, ¿no?
- Sí, pero quién sabe, igual la línea estaba pinchada y alguien supo que usted iba a venir aquí y se le adelantó y…
- Está bien, pregúnteme lo que quiera, no he venido desde el otro lado de la ciudad para nada.
- ¿Cuál es su número de licencia?
- Mire, si abre la puerta, aunque sea con el pestillo, se la enseño.
- ¿Y cómo se yo que no la ha falsificado?
- ¡Oiga, pues haga usted otra pregunta!
- Está bien… esto es por seguridad, eh, amigo, ¡entiéndalo! A ver… ¿Por qué los fontaneros llevan los monos azules?
- Oiga, amigo, no puedo creer que esto esté ocurriendo de verdad. ¿Cómo quiere que sepa yo de…?
- Buena respuesta. Si usted no fuera fontanero hubiera inventado cualquier excusa.
- Oiga, ¿me está faltando al respeto? He venido a hacer mi trabajo y me encuentro con…
- Está bien, pase.
Quita la cadena y el cerrojo.
- Buenas tardes, señor fontanero.
- Dígame dónde está el retrete.
- ¿No se habrá usted molestado? ¿Quiere una cervecita?
- Oiga, señor, tengo que ir a mi casa a comer y me gustaría llegar pronto, asique dígame dónde está el retrete averiado.
- No se preocupe por el retrete y relájese. Yo le voy a pagar por el retrete como si realmente…
- ¿Pero es que usted no tiene nada mejor que hacer que ponerse a llamar a fontaneros?
- Mire, estoy haciendo un estudio y no me importa pagar por ello.
- ¿Y por qué molesta a los fontaneros?
- Bueno, ya lo hice con un cerrajero, un ascensorista y un mecánico. ¿Le importa que le haga unas preguntas?
- Dirá más preguntas. Ya me hizo un interrogatorio a través de la puerta.
- Bueno, amigo, no es para tanto. Mire estoy muy interesado en crear un negocio y me gustaría saber qué es lo que le preguntan las mujeres cuando va a las casas.
- ¿Que qué me preguntan de qué?
- Pues si por ejemplo le preguntan sobre el tiempo, ¿usted qué les dice?
- Mire, señor, esto es un poco raro. Todo depende del tiempo que haga, ¿por qué iba yo a llevar un discurso preparado?
- Entiendo-. Y anotó algo en su cuadernillo-. Bien, ¿y se le preguntan si es cristiano?
- Digo que no lo soy.
- Lo dice sin sorprenderse, como si ya le hubieran preguntado alguna vez.
- Si, las mujeres ancianas suelen hacerlo.
- ¿A sí? Y cuando les dice que no lo es, ¿qué hacen?
- No sé, yo arreglo retretes.
- Si, ¿pero le vuelven a llamar?
- Oiga, yo arreglo los retretes muy bien.
- No lo pongo en duda, amigo, pero los retretes son uno de los puntos más inestables de las casas según un estudio reciente. Y lo veo normal, soportan grandes presiones todos los días.
- Pues no, no vuelven a llamar.
- Bien. ¿No ha pensado usted en hacerse cristiano, verdad?
- Mire, uno no se puede hacer cristiano de la noche a la mañana.
- Bueno, Dios está en todas partes, no veo por qué no. Si usted ve mucho un producto, y le dicen que el producto es imprescindible para vivir felizmente, acabará comprándolo. Si intentara ir a la iglesia todos los domingos, o si está muy interesado y quiere una evolución más rápida hágalo todos los días, acabaría creyendo…
- Creo que es mejor que me vaya. Necesito que me firme aquí-. Cortó tajante el fontanero.
- Si, si claro. Me ha sido de gran ayuda…
- Por favor, tengo prisa.
- Ya está.
- Adiós- dijo el fontanero sin mirarle a la cara precipitándose hacia la puerta.
- Adiós, amigo... ¡Y gracias!

viernes, 5 de agosto de 2011

Ambas dos

El aliento eriza la piel y le sigue una caricia en el dorso de la palma. El cosquilleo penetra por los poros y se pierde, como el eco, hasta rozar el estómago. Un nuevo roce hace que se suba el calor a las mejillas y se nubla la vista con un mordisco en el labio. La yema va quitando la capa de aire que se acumula en la superficie. Primero desabrocha el botón de la frente, luego se abre la palma en los pómulos y se desliza una capa de seda. Pasa a desvestir los párpados con leves presiones y baja hasta los labios, donde muda la prisa al rincón y la musa se deja caer en el remolino del trance. 

domingo, 13 de febrero de 2011

Deshielo

Las gotas saltan de las nubes y basta un soplido para que se vuelvan copos. Copos leves, insignificantes. Van cayendo, lentamente, y se posan en todos lados, en ninguno.

Sentada en el banco de la plaza, con la cabeza hacia atrás, veo cómo respetan los tiempos de caída. Permanezco así durante un tiempo, hasta que uno se mete en mi ojo. Agacho la cabeza, apretando el ojo con fuerza y la sal de las lágrimas se mezcla para deshacerlo. Ya no recuerdo que me haya hecho daño.
Continúo mirándolos. Ahora les veo caer en el suelo. La primera capa al entrar en contacto con él pierde el ritmo de caída. Permanece un momento en la superficie para luego convertirse en agua. El resto continúa monótonamente. Se van formando pequeños charcos.

Diez segundos tarda en caer desde que me fijo en él. Describe círculos, espirales, y se posa aquí, en mi mano. Puro azar. Es tal el cosquilleo que provoca el roce que no puedo evitar sonreírme. Es posible tocarlo pero la insensibilidad de la yema no permite precisar la sensación.
Van cayendo y una vez tras otra intento retener la imagen que provoca en mí su tacto. No hay prisa en los movimientos. Cuando cae imagino que resistirá un poco más, pero todos acaban deshechos.

Salí de casa porque necesitaba estar sola. Habíamos vuelto a discutir por teléfono. Había vuelto a intentar explicarle cómo me siento cuando decide desaparecer y las conversaciones se han vuelto repetitivas y cada vez más inconsistentes. Me voy dando cuenta de que las cosas no tienen sentido alguno, a pesar de que cada día tengo más claro que me gusta estar con él y a la vez me gusta cómo me siento.
Cuando se lo explico lo entiende y sonríe y se siente fuerte. Lo sé porque me coge la mano con decisión y cariño. Pero al día siguiente vuelve a olvidarse de todo y siente miedo.
Quizás el problema sea que piensa mucho. Me niego a creer, como me dice la gente, que quizás sea que sentir tanto le haga daño.

Cae otro copo. Esta vez el cosquilleo quema. Abro la boca e intento que el aliento salga lo más caliente posible. He sentido el frío copo, sin saber que iba a sentirlo. Era necesario deshelarlo.